helbardot

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“Helbardot.” El nombre es un misterio, un enigma. “Ya, ya, bájale la espuma a tu chocolate mano”, pueden ustedes decirme. Está bien; se la bajaré. “Eppur si muove” (“y, sin embargo, se mueve”, para empezar a traducir); definitivamente “Helbardot” es misterio. A ver, ¿cómo diablos se pronuncia la palabrita? Tomando en cuenta que se trata de una revista [blog!] en la que se pretende por el momento concentrarse en la traducción del inglés al español, yo diría que lo podemos pronunciar “jelbardout”, o algo así. Sin embargo, uno de los individuos involucrados en esta conjura me ha dicho que se debe pronunciar al francés modo, con lo que nos resultaría algo así como “elbargdó”. Yo, por otro lado, no me opongo a una pronunciación a la mexicana, en la que se diga simplemente “elbardot”. Pero, en este caso, lo fácil es hablar de la pronunciación. Otra cosa es el significado. Si lo pronuncio a la inglesa, podría pensar que “Helbardot” es el “punto del bar del infierno”; si lo pronuncio a la francesa, que se hace un breve pero emotivo homenaje al dramaturgo inglés de todos conocido (el bardo Shakespeare, pero ¿por qué a lo francés?). La presente portada (una foto de Brigitte Bardot) nos puede llevar a conjeturas menos espirituales o metafóricas pero, me atrevo a decir, no menos importantes. Si lo pronuncio a la mexicana me quedo en las mismas, a menos que piense que es algún nuevo producto gabacho en el mercado que pule, limpia y da esplendor.

“Helbardot” en este momento, en todo caso, es todo y es nada. De entrada es una revista [blog] de traducción de poesía de los siglos XX y XXI del inglés al español; pero en el futuro posiblemente no estaría mal incluir otras épocas y otras lenguas, o aproximaciones teóricas al problema de la traducción poética (algo que todo el mundo se siento digno de evaluar, pero no de explicar). De ahí, me parece, lo conveniente de usar esta extraña y, hasta donde sé, nueva palabra para definirnos. Las posibilidades están abiertas. El significado es inestable, y depende no sólo de nosotros, sino de lo que, querido lector (“mon semblable, mon frère”), nos permitas hacer.

Las traducciones de W.H. Auden, Dylan Thomas, Elizabeth Bishop, Robert Lowell, Philip Larkin, Ted Hughes y Sylvia Plath [y Wilfred Owen y Robert Graves y…] incluidas en este primer número han surgido de un propósito por lo menos triple. En primer lugar, de nuestra necesidad de traducir algo a lo que nos sintiéramos profundamente vinculados. Alguien decía que leer una traducción de Shakespeare no era leer a Shakespeare y estoy parcialmente de acuerdo con esta idea. En el proceso de traducción el traductor se apropia del texto en cuestión y hasta cierto punto, se convierte en autor parcial de él. Ello no quiere decir que no haya nada del original en la traducción; ¿cuánto?, no lo sé. Esto, sin embargo, no me parece pernicioso, sino todo lo contrario: posiblemente es una realización parcial de esa comunión con el otro tan buscada no sólo en la poesía, sino también en la vida (violines aquí, por favor).
Esto me lleva a las otras dos razones. Por un lado, creo que todos los que colaboramos aquí queríamos traducir poesía y posiblemente lo habíamos hecho en la soledad de nuestro closet, pero en realidad no habíamos tenido oportunidad de hacerlo. Reunirnos significó crear esa oportunidad y, a la vez, tener la posibilidad de discutir nuestras ideas con otros como nosotros. La última razón -no necesariamente la razón última- es la que da origen a esta revista: crear un espacio donde se pueda leer poesía de origen inglés aunque no se conozca la lengua y donde podamos entrar en contacto con otros interesados en el mismo tema (¡gulp!).

Finalmente, y mientras siguen tocando los violines, una palabra de agradecimiento. Gracias a Argel Corpus, Christian Gerzso, Alan Page, Adela Ramos y Mario Murgia por invitarme a participar con ellos en este proyecto y por el honor de pedirme escribir el prólogo a nuestro primer número. Miro por la ventana y no veo más que la méndiga nieve, pero espero poder reunirme con ustedes para el verano. [Y así fue, y también se reunieron con nosotros, Ana Elena González y Evelio Rojas. ¡Larga vida a Helbardot!]

Gabriel Linares

Harvard University, Winter 2003.

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